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El rugby, de padre a hijo

El vínculo de Santiago López Carrizo con el rugby viene desde la cuna. Es una de esas cosas que se adquieren por herencia familiar. En este caso fue su papá Ricardo, quien fue jugador de Obras desde juveniles hasta veteranos y también pasó por Deportiva Francesa, el que le trasladó la pasión por este deporte y los valores que lo acompañan.

Su padre falleció de muy joven en 2003. Sin embargo, a pesar del golpe duro que significó esa situación, Santiago siguió haciendo valer ese legado que le quedó marcado a fuego para el resto de vida. Hoy, con 20 años, el wing, que también puede jugar de centro, ya tiene continuidad en el plantel superior aurinegro.

«Por un lado, jugar en el mismo club que mi viejo es un honor. Se que para él fue un lugar de contención y donde conoció mucha gente querida. Y, por otro lado, más allá de lo deportivo, significa haber hecho muchos amigos y un montón de momentos que forman parte importante de mi vida. Aparte es algo lindo porque siento el gusto por el deporte, no lo veo como una presión u obligación», dice el estudiante de psicología de la UBA, quien además trabaja de mozo de catering para eventos y es traductor de disertantes en congresos.

-¿Cómo es tu historia con el rugby?
-Comenzó directamente en Obras, porque mi viejo jugó en las juveniles, en el plantel superior y un poco en veteranos. Después de eso también fue entrenador de infantiles. De él heredé el apodo. Para algunos soy el «cubano», para otros el «cubanito». Empecé a jugar a los ocho años. Antes me había ido a probar, pero no me había gustado. Después hubo un periodo, entre los ocho y los 13, que no lo tomaba con tanta seriedad, hasta que pasé a jugar en las juveniles, donde la cosa se empezó a poner más competitiva y yo empezaba a ir con más regularidad a los entrenamientos. A partir de ahí lo tomé con más compromiso. Desde ese entonces entreno en Obras, nunca jugué en otro club.

-¿Qué era lo que no te enganchaba al principio?
-Creo que era por el tema del contacto. No me acuerdo mucho porque era chico, debe haber sido cuando tenía seis años. Como que después me negué a volver a entrenar. Más adelante, ya un poco más grande, me cambió la mirada sobre eso y volví sin problemas.

-¿Cómo surgió el apodo «Cubano»?
-Le decían así a mi viejo porque cuando fue juvenil entrenaba con una camiseta de Cuba, entonces como algunos no lo conocían lo llamaban «Cubano». Así que a mi también me conocen por eso.

-Ya sos parte estable del plantel de primera. ¿Cómo lo ves al equipo?
-Bien, lo veo con potencial. Creo que hay jugadores que tienen muy buenas destrezas y capacidad para jugar un rugby de buen nivel. Lo que nos falta es un poco de coordinación de todo eso a la hora de ser profundos en ataque, cosa en la que estuvimos fallando y que tratamos de corregir en los entrenamientos. También tenemos que revisar la rectitud en las carreras. Y después, en defensa, la coordinación para salir a ahogar o barrer cuando sea necesario. Pero me parece que tenemos una buena base para jugar cada vez mejor. Otro aspecto a mejorar es el de la disciplina con los penales. Recibimos muchas amarillas por esas situaciones. Eso se terminó reflejando en los resultados contra Ezeiza y Las Heras. Pienso que haciendo como corresponde esas cosas podemos dominar a cualquier rival que se nos presente.